Volveremos

Era un viernes extraño. Si bien los viernes el despertador se adelanta unos minutos, lo del viernes pasado no fueron minutos, más bien horas. A las 5.55, ya andaba mi móvil haciendo vibrar toda la mesilla. En ese momento, me arrepentía de todo. Miraba hacia delante y veía, un viaje a Donosti bajo la lluvia, 3 horas y media de autobús hasta Zaragoza, una espera de más de hora y media en el aeropuerto, casi otras dos horas y media de viaje en avión, acompañadas de seis horas y media de espera en Stansted. Si, Stansted, Londres.

Se hizo duro, no hay que negarlo, pero parecía que iba a merecer la pena. Lejos de la vida deportiva del que escribe estas líneas, existe una vida estudiantil y laboral, en mayor o menor medida que hace que las épocas de vacaciones no lo sean tanto, que los fines de semana sin hacer nada escaseen durante el año y sobre todo, que las escapadas a visitar ciudades o países más allá de Donosti, sean costosas y efímeras. Sin embargo, cuando se plantea una oportunidad así, hay que cogerla, enfrentarse a los bienes y males que pueda llevar, e intentar disfrutar a tope de tu experiencia, desconexión y libertad, de los días que hayas podido conseguir.

Y el plan era inevitablemente perfecto. Una ciudad grande, interesante y atractiva. Una compañía excelsa, de buen ambiente y conocedora de la ciudad… pero parecía avocado a ser 2 de 3, como este Enero, las perfecciones que se necesitan para un viaje. Lugar, compañía y meteorología. Y era solo esta última la que nos iba a fallar, aunque a medias, en el plan magníficamente ideado y concebido de 3 días en Londres.

La llegada no pudo ser más caótica. A media hora para que el metro cerrara las puertas, e indignados por tener que pagar 4.50 libras por un billete de único viaje, dos amables responsables del metro londinense, “tube” nos hicieron pasar haciendo la vista gorda sin soltar un solo penique. Encontrar el hostal, fue segunda guerra, y la llegada a la habitación, ya ocupada por un par de personas, desconcertante. Sin embargo, la tortilla de patatas a la 1.30 de la mañana tras no comer nada desde las 14.00 de la tarde… un pecado venial. La tarta de chocolate acompañando dicha tortilla… merecía haber pasado por todo lo que habíamos pasado para degustar aquellas excelencias.

La mañana del sábado fue algo perezosa de arranque, dormir menos de lo normal y un largo día de caminata por delante. Tras 4 errores en el “Tube”, conseguimos desembocar en Waterlo Station para atravesar el puente de Westminster con las Casas del Parlamento al fondo y la Abadía de Westminster detrás. La visita al Primer Ministro tuvo que esperar, y recorrimos St James Park hacia Buckinham, donde como no podía ser de otra manera, la Reina aguardaba en casa. Los estiramientos de uno de sus guardas, y unos pelícanos algo revoltosos, dieron pie a las primeras risas del viaje, y a la foto que lo resume.

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La vuelta hacia Trafalgare Square, y la primera presencia de una casi permanente estancia en Picadilly, terminaron de cerrar la mañana, antes de dar una vuelta en lo que se calificó como “hacer tiempo y hambre”, y resultó una buena excusa para entrar en tiendas y dar un rodeo de 4 kilómetros para llegar al mismo punto. Ventajas e inconvenientes de viajes así… El Albert Hall, el obligado paseo por Harrods, la presencia freaky del día con las fotos al Andén 9 y 3/4, o la tienda de Harry Potter, terminaron por redondear un día al que solo le quedaba, la copita nocturna. Unos muy precisos dolores de espalda y la amabilidad de la señorita que tuve la suerte de escoltar aquella noche, hicieron que una retirada a tiempo, bien sirviera para poder disfrutar sin mayores miramientos el resto del viaje.

El domingo por la mañana, algo antes, partió la expedición hacia más turismeo freaky. La visita a Gringotts, Banco de los Maagos, y la visita obligada al TATE Museum of Modern Art, coparon la mañana antes de que un paseo por encima del Thames atravesando el Millenium Bridge, diera con nuestras siluetas al pie de la catedral de St Paul, donde Carlos de Inglaterra y Diana de Gales, se dijeron que si por un tiempo. La mañana lluviosa, la comida en la correntosa mesa de un KFC y la tarde desapacible que dejó, nos obligó casi a buscar cobijo en un típico Sturbacks, y seguir los venideros realistas. La llegada del primero a manos de Antoine, la expulsión y el segundo de Imagol, redondearon una tarde al calor de la calefacción y disfrutando del chocolate de la conocida cafetería, acomodados en un sofá sin precedentes y que ni siquiera el gol de penalty del Zaragoza pudo destrozar.

Más contentos de lo que habíamos entrado, salimos camino al hostal donde cambiarnos y buscar los BAFTA eran el objetivo, hasta que dedujimos que lo que hacían los operarios no era poner, sino recoger la alfombra. Fue la señal para buscar la tarta de chocolate de Friday’s, que no pudo llegar debido al cambio que ha sufrido en mi memoria, la cafetería casi diaria que visitábamos en Malta, y que resultó imposible hacerlo en Londres. Resignado, movimos nuestros respectivos culos hasta un McDonalds donde intentamos sumergirnos en el chocolate caliente que devolviese algo de calor a nuestras venas. La decisión de madrugar un poco más el lunes, bien me pudo salvar, de no hacer una avería mayor al viaje de vuelta.

Y es que la vuelta fue… desastrosa. La mañana apacible, nevada y divertida, dio paso a la lluvia, al viento que se metía por todos lados, incluso dentro de Grimauld Place y del Callejón Diagón. La espectacularidad de la Lloyds, el contraste arquitectónico del City Hall con el Tower Bridge y su respectivo castillo, nos dio el comienzo de un paseo sin rumbo, que acabó más tarde de lo que hubiera tenido que acabar para que la salida londinense fuera en orden. Un móvil al suelo, un metro que tarda más de lo que tarda, una tienda sin género, una subida furtiva a Harrods, un viaje de metro agónico, una búsqueda desesperante de la estación de autobuses y un atasco descomunal en la salida de la ciudad, hicieron limar, por decirlo de alguna manera sutil, mi presencia en un avión de regreso, que también tuvo lo suyo. La tensión vivida, la calma mantenida y la tranquilidad y la ausencia de histerismo fueron algo a valorar de manera muy positiva, para que luego, terminara todo lo bien que terminó.

Un rayo, unas turbulencias, una maleta facturada y el granizo, terminaron de despedir un viaje increible del que solo se pueden sacar notas positivas. La tercera pata de la meteorología, la podemos trasladar a los 3 puntos de la Romareda, para traernos un sabor de boca inmejorable de 3 días de ensueño, buena compañía y disfrute de Londres. Deportivamente, 3 puntos que nos meten en la pelea, y que pueden dar un titular.

VOLVEREMOS, a Champions, y a viajar

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Publicado el 14 febrero 2013 en La vida es algo más, Real, Siempre subjetivo. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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