¿Que somos, leones o huevones?

Eran cerca de las 18.30 del sábado, cuando saqué del armario la camiseta doblada, lavada tras el fiasco de hacía quince días, del armario. Era el único complemento que me faltaba, para subirme al coche y acercarme por tercer año consecutivo a vivir EL DERBY.

La rutina de los grandes partidos. Dejamos a un lado el bar de siempre, el de todos los domingos, para ir al de las grandes citas. Al del día del ascenso. Al del día del centenario. Al de los Derbys. Y por qué no reconocerlo… llevaba en el cuerpo un algo, un sentimiento, un presentimiento que me hacía pensar “hoy nos caen 4”. Y por qué no reconocerlo… no era el único que así lo pensaba.

Y es que somos muy de estas historias épicas. Somos muy de resucitar equipos. Somos muy de… “el Racing sólo ha ganado un partido a domicilio en el último año y medio, en Anoeta” o “Osasuna no ha marcado ningún gol en lo que va de temporada (0-5)”. Y la historia se las daba del cariz de esas. Un Athletic, mermado. Con problemas internos, dudas en el juego, bajas importantes y su estrella en el firmamento, en boca de todos por todo menos lo futbolístico. Un Athletic que tenía que recuperar sensaciones, volver a enganchar a la afición, y volver a ser el equipo de pego y remato que fue el año pasado.

La historia se daba, y nosotros eramos propicios. Tras un partido nefasto en Valencia contra el Levante, las primeras dudas cuestionando al entrenador, al sistema, a los cambios, al once… y para colmo, ZAS, en toda la boca. El único que tenía que dormir entre algodones, el ojito derecho de la afición, el que no tenía recambio entre los 23… se lesiona para 2 meses. A todos se nos venían a la cabeza las salidas inseguras de Eñaut, la locura transitoria que a veces le da en la cabeza, los fallos de Mallorca…. 2 meses…. que largos se iban a hacer, empezando por el sábado.

Por eso vivía con el miedo en el cuerpo, cuando sobre las 19.15 el Twitter de la Real hacía público el once inicial de la Real. No era el mejor para jugar en casa, no era con Griezmann en el centro del campo, pero estaba claro que con el toque y la contra del Athletic, Montanier no iba a prescindir del doble pivote Markel Illarra, ni de Zurutuza en el campo con los 3 partidos que se había marcado. Solo chirriaba el nombre de Eñaut, que hasta se me coló el de Bravo a la hora de remitir el once por mensaje, a los distintos frentes abiertos durante los 90 minutos de juego.

Subiendo Avenida Madrid, hacia el estadio, el gentío se hacía notar. No más que otras veces en cantidad, pero si en colorido. Más camisetas, locales y visitantes. Más gritos de ánimo, más fiesta, mas Derby.

Tras el primer pitido del árbitro, se confirmaron los temores. Zubikarai, tembloroso bajo palos, hacia temblar también por la propiedad transitiva al resto de la grada. El primer cuarto de hora, fue casi de dominio visitante, con corners, llegadas y susto incluido en el cuerpo en un cuerpeo de Iñigo con Aduriz. Y tras eso, como una calma tensa. Sin juego, sin sustos, con el miedo implícito del Derby, pero dominio azul. Y un uy!!! en la grada. Y un segundo uy!!! en la grada. Y esta vez un UY!!!!!! grande en la grada. Y un pitido del árbitro.

Miré alrededor, y la gente estaba relajada. Confiante que diría Mou con ese tono portugues. Se creía en lo que se veía. Toque, llegada, juego, conducción de balón, profundidad y calidad. Volvíamos a ser leones cuando no hacía ni 7 días que habíamos sido muy huevones. Y habíamos elegido un buen día para ser leones. 11 contra 11. Y ellos no eran tan feroces como los pintaban.

Tras un cuarto de hora, otro pitido, y esta vez si. Ese equipo dormido, que mi padre comenta que en vez de café parece que al descanso les dan tranquimacin, ese equipo que sale del vestuario somnoliento, vago, perezoso y bostezando, esta vez solo abría la boca para morder. Y empezó Illarra a marcar el camino. Empezó la jugada siendo el 8 de la Real. A mitad de jugada, me recordó a la arrancada de Toure Yaya en la final contra el Athletic. Al borde del area se convirtió en Maradona con el 10 de la albiceleste y terminó por ser Messi justo cuando Iraola, mandó la bola a corner, cuando estaba a punto de superar a Iraizoz.

Una jugada, 10 segundos, la afición en el bolsillo. Griezmann se lucía en el campo, Xabipi le ponía sangre (le habrán hecho una transfusión esta semana) y hasta Markel parecía repartir juego. El Athletic estaba embotellado y para colmo, dos cambios casi forzados dejaban a Bielsa a expensas de lo que pasara en el campo para meter a Llorente o a Toquero. Y entonces, apareció. Un balón que pelea el incansable, el que hace el trabajo oscuro del equipo y que llega a botas del 7 francés pretendido por el argentino que pasea las áreas técnicas. Recorre la frontal, y suave, simple pero preciso, el balón al fondo. Y aquello se cayó. Abrazos, gritos, saltos, incluso algunas lágrimas entre un ensordecedor grito de GOL, GOL, GOL!!! Y casi sin tiempo para otro trago de Coca Cola en la grada, y tras la entrada de Vela en el campo, Amorebieta hace de San José en 2010, y le da al mexicano la oportunidad de enganchar del todo a la afición. Y la locura, y la locura, y la otra locura. Toda locura, menos la que se sentaba en el banquillo rojiblanco.

Y aunque salió el Rey León, nada pudo parar a los 11 leones que corrían, saltaban, metían la pierna y luchaban como jabatos. Y otro susto para Iraizoz, y un segundo, incluso un tercero, en un partido que si no llega a ser por el navarro, también muy cuestionado bajo palos, el Athletic bien hubiera podido imitar humillaciones pasadas, y no tan pasadas.

Y es que si bien estamos también escarmentados en finales de partido que nos saquen lo peor de nosotros mismos, hay un momento en el que Anoeta sabe que ese partido ha terminado. Es el momento de las palmas, es el momento de la afición, de la mini ola que nunca tiene demasiado éxito, pero si de esas palmas. De esas 27.000 palmas a unísono palmeando la marcha de San Sebastian, ese sonido característico de Donosti, que une a la afición en señal de aprobación de los 11 txuriurdines que están sobre el 105 x 69.

Solo el pitido final del árbitro me pudo sacar de mi sueño, de volver a ver a la Real ganar un derby. De volver a soñar con esos partidos que de pequeño pensaba, que eran el día a día.

San Mamés será otra historia, no cabe duda. Pero el orgullo que llevaban en su interior todos los realistas la noche del sábado, no se paga con dinero. Pero hablo de los realistas. De los de verdad. De los que llevan un ventrículo blanco y otro azul, que les mezcla la sangre por las venas. De esos que al meterse a la cama, todavía llevaban la camiseta puesta. De esos que, pese a no poder llevarla puesta, el lunes a las 8 de la mañana, afrontó la semana con una sonrisa en la boca.

Por esos es por los que merece la pena esto. Por esos es por los que sufrimos todos. Noches como las del sábado, son pocas, y ojalá no escaseen, pero hay que disfrutarlas mientras se pueda, y nos dejen. Y si es con partidos como este, mejor.

Sed buenos, o parecedlo

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Publicado el 3 octubre 2012 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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